Fracaso y arrogancia de Ollanta Humala

Gobernar una nación es un asunto serio. No es deseable que la conducción de un pueblo sea asumida por quien no está debidamente preparado para resolver, sin engaños, hasta las mínimas exigencias del bien común concreto.

Ollanta Humala llegó al poder político tras una serie de brincos. La condición de militar en actividad, en sus primeras etapas político-partidarios, le fue útil para disimular y ocultar sus carencias y déficit de líder político, por la suplantación que logró su hermano Antauro, militar en retiro.

En las dos campañas electorales (2006 y 2011), Ollanta irresponsablemente hizo propuestas infinitesimales, populistas, demagógicas y estatistas.

Fue electo presidente, no por su plan de gobierno “socialista-chavista”; sino porque abjuró de él. Para hacerse del poder, el socialista Humala aparentemente se convirtió al liberalismo económico, mediante “La Hoja de Ruta”, bajo la asesoría y garantía personalísima del hoy octogenario enamorado, Mario Vargas Llosa. Quien es el difusor de una nueva “prudencia política”: Antes cualquiera al poder, pero no el fujimorismo.

Humala en cuatro años de presidente ha logrado efectos que sólo favorecen a la subversión: (1) Paralizó el desarrollo económico; (2) Desánimo los nuevos emprendimientos privados; (3) Creo condiciones de inseguridad, abandonando al país al terrorismo mafioso del sicariato y la delincuencia generalizada; (4) Empoderó a los grupos radicales, que se dedican a expulsar empresas privadas de los territorios concesionados por el Estado; (5) Ausentó al Estado favoreciendo al narcotráfico; (6) Protege la corrupción en sus propios cuadros, y persigue implacablemente a sus enemigos políticos.

Durante la semana la figura presidencial se sobredimensionó, es un natural efecto de nuestras Fiestas Patrias. Ollanta Humala se mostró como un fracasado arrogante, carente de vergüenza propia de cómo deja al país su irresponsabilidad gubernamental.

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