PARTIDOS POLÍTICOS: ¿ESTATALES O PRIVADOS?

Los partidos politicos son tan viejos como la humanidad: siempre los hubo, tanto de derechas como de izquierdas, en toda época y en todas partes.
Ya en la antigua Roma por ej., un rico aristócrata llamado Tiberio Sempronio Graco (164-133 a. de C.), fundó con su hermano Cayo el “partido plebeyo”, o sea de los “proletarios”. Los Gracos impulsaron la “Reforma Agraria”, un rotundo fracaso, como siempre; pero ha sido y es hasta hoy la gran bandera del socialismo: punto 1 del “Programa Mínimo” del Manifiesto Comunista de 1848.
Los Gracos eran como los Kennedy: no venían de las filas proletarias sino del patriciado, como casi todos los jefes de la izquierda. Las palabras “izquierda” y “derecha” nacieron cuando la Revolución Francesa, pero no los conceptos que designan: “izquierda” significa política utopista; y “derecha” significa política realista. Anótelo por favor. Ideologías, políticas y partidos utopistas y realistas los hubo siempre.
Lo que ahora casi no hay, y es falta muy lamentable, es democracia representativa, la sana y verdadera, completa, con sus partidos de izquierda, de derecha, y de centro (lo que sea que “centro” signifique). Hoy padecemos una “democracia” insana, patológica y hemipléjica, incomplete y falsificada, con sus partidos de izquierda, de izquierda, y de izquierda. De esa forma el sistema nos pone a escoger entre candidatos y programas todos de izquierda, más dura (bolchevique) o menos dura (menchevique); y eso es todo.
¿Cómo ha sido ese cambio para mal?
Hasta hace unos 50 o 100 años más o menos, los partidos politicos expresaban diversas corrientes de pensamiento y opinión, utopistas y realistas, dentro de la sociedad civil, en una democracia normal. Ya desde sus nombres, los partidos declaraban abierta y honestamente sus ideas y doctrinas: se llamaban socialistas, comunistas, laboristas, republicanos, demócratas, liberales, conservadores, democristianos o nacionalistas.
Y eran privados. Es decir: sus líderes y cuadros activistas, afiliados y simpatizantes, dictaban ellos mismos sus parámetros ideológicos y sus Estatutos, elegían sus autoridades y las renovaban (o no), les financiaban con su propio dinero, y seleccionaban libremente sus candidatos a cargos públicos, en modos y maneras decididas internamente por ellos mismos, sin “ley de partidos políticos”. Sin intromisión alguna del órgano electoral del Estado, que sólo fungía como árbitro en las elecciones.
Cuando en un partido surgían disputas internas, las facciones afectadas podían recurrir a los jueces ordinaries y corrientes. No se usaba tampoco tomar dinero de los contribuyentes para dar subsidios a los partidos o a los candidatos, cosa absurda. ¿Cómo los impuestos pagados por un ciudadano comunista van a financiar un partido anticomunista o viceversa? Esto es totalmente ilógico y antidemocrático.
En partidos privados, todas las decisiones eran del ciudadano; no del órgano electoral del Estado. Si a Ud. no le gustaba un partido, o su doctrina, o su manera de financiarse, o de elegir autoridades o seleccionar candidatos, pues Ud. simplemente no votaba por ese partido, no lo apoyaba con su trabajo voluntario o con su dinero, no se inscribía en ese partido, no acudía a sus eventos y reuniones. Ud. podía votar por otro, que era diferente, o afiliarse a ese otro, o contribuir con ese otro, ¿me explico?
No se satanizaban las “listas sábana” porque eran partidos ideológicos, e informaban al público que el partido socialista postulaba candidatos de esa tendencia, y el partido comunista igual, y los demás de las distintas tendencias del espectro izquierda-centro-derecha. Así se sabía de antemano lo importante: políticas de qué signo impulsarían, sin tanta perentoria necesidad de investigar minuciosamente los detalles de los curriculum vitae.
Hoy día los partidos son todos iguales; comparten las mismas ideas tecnoburocráticas “gerencialistas” y “sociales” o “progresistas”. Y no son privados: fueron secuestrados, y convertidos en apéndices o brazos del Estado, mediante las leyes (malas) de partidos, previas otras campañas de satanización, a saber:
Han satanizado el financiamiento privado, cuando lo satánico es el estatismo, o sea la potestad del Gobierno en el poder para conceder o negar favores de todo orden, los cuales van a beneficiar a los partidos oficialistas de turno, y a sus financistas, obviamente. Han satanizado también la “proliferación” de partidos, y los ya establecidos o del sistema exigen altísimo número de firmas a recoger por los emergentes; así impiden surgir a nuevos partidos que puedan desafiar el status quo.
Respecto a la vida y la democracia interna de los partidos, no permiten que sus afiliados decidan: los burócratas fijan todas las reglas, y actúan como “Super-Comisarios”. Establecen por ej. cuotas fijas obligatorias para mujeres, y otras “minorías” (¿?), dicen para “evitar discriminación”; y así fijan más o menos subrepticiamente otros tantos parámetros ideológicos y de funcionamiento según la “política correcta”, que así se vuelve incuestionable e intocable …
Por esto los partidos adoptan nombres insulsos e insignificativos, que no informan, no son transparentes; y las campañas electorales tratan sólo de anécdotas o chismes de la vida personal de los candidatos, casi nunca hay propuestas serias, y no se discuten doctrinas ni sistemas de Gobierno.
¿Solución? Devolver los partidos politicos a los ciudadanos; a la sociedad civil. ¿Cómo? Reprivatizarlos; ¡es la única forma!

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