Cuando los economistas son parte del problema cambiario

Luego de 70 años de una fuerte inestabilidad cambiaria y encendidos debates en torno al valor correcto de la moneda extranjera (en especial, el precio del dólar estadounidense), resulta muy difícil entender cómo aprendimos tan poco sobre este tema. Quizás la exagerada impronta neokeynesiana de los cursos de macroeconomía, economía internacional y teoría monetaria (entre otras áreas) que se han dictado y se siguen dictando en este país han deformado tanto la cabeza de los economistas que no logran captar las cuestiones más elementales del análisis económico.

En línea con el argumento más utilizado por los economistas locales, debemos analizar la evolución del tipo de cambio real de la moneda de Argentina respecto de la de los Estados Unidos desde 1950. En este sentido, la evolución del tipo de cambio real muestra dos características esenciales: (i) una continua tendencia a la apreciación de la moneda y (ii) una gran volatilidad en la serie. Esta situación se podría racionalizar con un caso de equilibrios múltiples donde en alta confianza, como ser la década del 1960, el inicio de la tablita cambiaria y la convertibilidad, la moneda se aprecia, mientras que en la década del 1950, la primera parte de la década del 1970 (con un pico en el Rodrigazo), la década del 1980 (con pico en la hiperinflación) y lo que va del siglo XXI (con un salto en la salida del plan de convertibilidad) son momentos caracterizados por un alto nivel de desconfianza.

Por lo tanto, la primera enseñanza que nos deja este análisis es que resulta incorrecto afirmar que la moneda está depreciada o apreciada sin hacer referencia al nivel de confianza y la tendencia de largo plazo.

Sin embargo, y a pesar de que este análisis sea utilizado persistentemente, eso no evita que sea erróneo. El problema radica en que implica desconocer olímpicamente qué es y cómo funciona el sistema de precios (típico rasgo keynesiano). Todo precio de mercado constituye un fenómeno histórico específico, que siempre refleja lo que aconteció, en cierta ocasión y bajo circunstancias específicas. Así, las relaciones de intercambio (entre el dinero y el resto de las mercancías que nos interesan, incluido la moneda extranjera) se hallan en mutación permanente. Nada hay en ellas que sea constante. Un determinado precio puede volver a registrarse, pero no hay certidumbre de que así suceda. Es más, aun cuando se diera el caso de que efectivamente reaparezca, no es posible asegurar si es fruto de las circunstancias que ayer lo provocaron por haber reaparecido, o si resulta de una nueva y totalmente distinta constelación de fuerzas.

Así, ignorando el concepto de lo que es un precio de mercado, un conjunto de “economistas” intenta reflexionar sobre si el dólar está caro o barato, para lo cual, tomando el tipo de cambio real en una fecha particular, realiza una suerte de ajuste por inflación sobre el valor nominal y con ello “fundamenta” su afirmación. Por ejemplo, si uno toma el tipo de cambio real con el que arrancó CFK, el precio del dólar debería ser de 16 pesos por dólar. Sin embargo, este análisis tiene, por lo menos, tres problemas:

Primero, ¿cuáles son los elementos que prueban que dicho tipo de cambio real era de equilibrio y no otro? Segundo, la cuenta implica asumir que nada ha cambiado tanto en la economía local como en la del mundo. Por último, como si todo eso fuera poco, sería bueno saber cuál es el índice de precios por el cual se llevó a cabo el ajuste pertinente, ya que, aun cuando existieran estadísticas oficiales no dibujadas, ¿quién podría asegurar que dicho índice se ajusta a las realidades del mercado de divisas y sus efectos derrame sobre el resto del sistema?

Para tener una idea de lo ridícula que resulta la metodología, tomemos el precio de Enron en septiembre del año 2000, cuando cotizaba a 87,63 dólares por acción. Ahora, si ajustamos dicho precio por la inflación de los Estados Unidos, el método le señalaría que el valor de dicha acción debería ser de 120,95 dólares. Sin embargo, el precio de hoy es nulo, ya que la firma en cuestión quebró.

En la misma línea, afirmar que, dado que el tipo de cambio real de hoy coincide con el que regía sobre el final de la convertibilidad y otros episodios traumáticos de la historia, la moneda está apreciada, en rigor, no dice nada, ya que la configuración de la economía en cada momento no tienen nada que ver con la que tenemos hoy. Por ejemplo, luego de la salida de la convertibilidad y el default, el país reestructuró su deuda pública mediante una quita que lo dejó como acreedor neto del mundo, por lo que de no ser por la desconfianza que genera el kirchnerismo, la moneda se podría haber apreciado aún mucho más (piense en el tipo de cambio que recibe el productor de soja luego de retenciones). De hecho, la situación presente permitiría que Argentina viva con un déficit de cuenta corriente permanente equiparable a la renta financiera que deriva de dicha posición externa incluso sin tocar el stock.

Es por ello que, junto con mis colegas Diego Giacomini y Nicolás Kerst, para poder analizar con mayor profundidad las cuestiones vinculadas a la competitividad desarrollamos el termómetro de riqueza (ver el resumen del artículo), que señala que la competitividad viene dada por la capacidad de tener negocios rentables. Así, el indicador conjuga tanto factores internos como externos, tales como la evolución de la productividad del trabajo comparada con la evolución del salario real (salarios en términos de precios), la tasa de interés de los Estados Unidos, el riesgo país, las expectativas inflacionarias, la presión fiscal, la calidad de los bienes públicos y el contexto internacional. En función de todos estos elementos, el indicador muestra que nunca en la historia del país se destruyó tanta riqueza como durante el régimen kirchnerista, donde, de no ser por el formidable contexto internacional, las políticas que se han llevado a cabo hubieran generado cuatro crisis importantes.

Por lo tanto, con base en el termómetro de riqueza, resulta claro que la economía muestra un grave problema de competitividad y que, de no haber cambios profundos en el resto de los factores, la moneda se devaluará. Sea por omisión complaciente o por ignorancia, cuando la única herramienta con que se cuenta es un martillo, resulta natural que todo el mundo se parezca a un clavo. Esto significa, en una franca complicidad entre políticos y keynesianos, que nuevamente los sectores más vulnerables de la sociedad serán brutalmente castigados, de modo tal que “la casta” que ha tomado el poder siga disfrutando de sus enormes privilegios y que tantas riquezas le genera.

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