La estigmatización del Nordeste argentino

Desde hace mucho tiempo, esta región es percibida negativamente por el resto del país, detentando una imagen alejada de la verdad. Algo de esa descripción se palpa en el presente, pero lo otro es solo una exageración que se utiliza para despreciar a quienes habitan estas provincias.
Los que viven aquí saben exactamente lo que sucede. Claro que esta región tiene múltiples asuntos por resolver y sigue siendo un área poco favorecida, que debe poner todas sus energías en solucionar, de una vez por todas, cada uno de esos inconvenientes, con inteligencia y determinación.
No caben dudas de que el nordeste argentino tiene muchas asignaturas pendientes y situaciones de las que no se puede enorgullecer. Pero eso no la convierte automáticamente en el sinónimo de todas las epidemias sociales, como si fuera la propietaria exclusiva de todos esos flagelos.
Ya se sabe que en estas latitudes conviven la pobreza con la inseguridad, que las drogas y la corrupción, por solo citar ejemplos, hacen de las suyas. También se soporta el funcionamiento de los cuestionados sistemas políticos que pululan en cada una de estas provincias y municipios.
Pero construir una imagen general negativa apelando a perversas estrategias que solo buscan agigantar defectos artificialmente desviando la atención de los trascendentes problemas estructurales del país no sólo es una decisión incorrecta, sino que muestra una deliberada actitud, que lejos de ser casual, termina siendo enormemente inmoral.
Esta parte del país, como tantas otras, recibe el impacto positivo de los progresos globales siempre un poco más tarde. Un descubrimiento científico, un adelanto tecnológico y hasta una moda, llegan inexorablemente después, aunque en los últimos años, esos plazos de rutina, se han ido acortando cada vez más.
No menos cierto es que algunas de las peores calamidades golpean aquí con mayor dureza y se sienten con inusitada potencia, mientras otros, afortunadamente, llegan algo demorados y eso ayuda a que estas regiones sufran, en algunos asuntos, mucho menos que las grandes capitales.
Lo concreto es que la imagen que se tiene del nordeste, en la mayoría del país y también en el extranjero, no se condice con la realidad. Nadie niega los problemas. Hacerlo constituiría un grosero error, pero exagerarlos tampoco acerca las soluciones necesarias, sino que distorsiona el diagnóstico sin sentido alguno.
Habrá que decir que esto que ocurre no es un error inocente, sino que forma parte de una trama intencional. Lo que busca esta dinámica, muchas veces alentada desde otros gobiernos y difundida por diferentes medios de comunicación, es acallar las críticas generales, minimizar su relevancia, asumiendo que siempre en otros lugares todo está un poco peor.
Mostrar lo que no funciona, exponer las debilidades ajenas, amortigua el impacto local de las tragedias y pone paños fríos sobre las cuestiones que deben abordarse y cíclicamente se postergan. Asumir que en otros lugares todo está muy mal, hace que lo local se vea algo mejor.
Es por eso que muchas veces, se utilizan circunstancias aisladas para hacer creer a los demás que eso es cotidiano y habitual, que ese hecho puntual es absolutamente natural y que eso ocurre a diario con total normalidad.
La pobreza es probablemente, en este esquema, el tema preferido para desarrollar. Mostrar niños desnutridos, gente que no tiene para comer, que no dispone de energía eléctrica o agua potable y que carece de servicios esenciales, es un modo de explotar ese paradigma que se intenta instalar.
Los que operan en esta dirección, buscan premeditadamente los más sorprendentes casos testimoniales que les permitan debilitar, más aún, a quienes ya tienen bastante con las vivencias reales como para soportar además las insólitas y despiadadas exageraciones.
Es vital entender como fluye ese mecanismo. Ellos no encuentran incidentes por casualidad, sino que hurgan en las noticias seleccionando minuciosamente su próxima presa periodística. Saben muy bien que características deben reunir esos hechos para hacer vibrar a las personas que se escandalizan por esa singularidad que tanto atormenta a todos.
La verdad es que no necesitan recurrir a la casuística del nordeste para exhibir pobreza estructural, desnutrición crónica, corrupción policial o los evidentes avances del narcotráfico. Tienen todo eso en sus narices, a diario, en sus propias ciudades, mucho más cerca de lo que se imaginan.
La intensidad de cualquier fenómeno social es siempre un dato relevante. Por eso cuando los indicadores son tan elevados generan una alerta especial. Eso debería incentivar suficientemente a todos como para intentar revertirlos, pero es importante entender que una eventual diferencia porcentual no convierte a una comunidad en un dramático desastre y a la otra en un paraíso soñado.
Exactamente lo mismo sucede con la política. Los mal llamados sistemas “feudales” del interior del país no parecen demasiado distintos a los que se padecen en el conurbano bonaerense. No es que estos sean buenos y los otros malos, sino que en definitiva son todos demasiado similares.
En ciertos temas, los actuales esquemas locales de esta región, con sus incontables e indisimulables defectos, son mucho más benignos que aquellas mafiosas organizaciones que perduran por décadas, alrededor de los grandes conglomerados, conservando el poder en idénticas manos, sin que nadie parezca registrarlo, ni se horrorice demasiado.
No se trata de esconder los patéticos vicios y los abrumadores problemas existentes, sino de tomar verdadera dimensión de cada uno de ellos, poniéndolos en su debido lugar, evitando caer en la burda tentación de inflar las consecuencias para victimizarse innecesariamente.
Es importante asumir los inconvenientes. Para resolverlos es necesario enfocarse en darles batalla y no distraerse con esta parodia que intenta estigmatizar al nordeste argentino. Los problemas son reales, están ahí, pero no tienen la envergadura que dice la fábula con la que tanto insisten.

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